viernes, 27 de marzo de 2015

LA PAZ QUE SE PERDIO
POR MANUELITA LIZARRAGA

“LAS SIRENAS...CUENTO CAURESMAL”.


¡Que no te metas al mar porque te convertirás en sirena!... ¿Qué no ves que es viernes santo?...era la consabida amenaza para los inquietos niños de aquellos tiempos...de alguna manera, para obligarlos a la obediencia y a respetar las costumbres aquellos viernes santos, viernes de silencio...cuando nomás se escuchaba el alegre trino de los pájaros y el silbar del viento. Entre aquellos aromas a capirotadas, torrejas, tortitas de camarón, de pescado y lecche cocida, entre otros richos manjares alrededor de las encaladas hornillas contaba la abuela que “Hubo una vez una familia que tenía su hogar frente a la playa bajo la sombra de un frondoso palmar quienes tenían tres lindas niñas y un varoncito, Juanita, Perlita, Margarita y Gabriel, muy inquietos por cierto los niños...que en un viernes santo de aquellos, después de escuchar las siete palabras, como es la costumbre, sus padres le recomendaron una vez más...queridos hijos, ya saben que hoy es viernes santo, viernes de guardar, es de luto para toda la humanidad, porque es el día en que fue crucificado en la tierra nuestro señor Jesucristo; nosotros, nos vamos a descansar y ustedes pueden leer, o jugar, pero sin pelear y todo en silencio”.

            ¿Podemos bañarnos en el mar?, preguntó Juanita muy entusiasmada, y su madre perisgnándose muy preocupada les dijo, ¡de ninguna manera!, es viernes santo y no pueden ni deben meterse al mar porque se convertirían en sirenas!. Pero inquietas y desobedientes que eran las niñas, esperaron a que sus padres se durmieran y felices, se encaminaron a la playa acompañadas de Gabrielito, quien era el más pequeño. El niño rehusó meterse al agua, porque era obediente y además tenía temor de convertirse en un pez como decían los mayores. Temeroso Gabrielito se sentó sobre una barca que estaba en la arena boca a bajo a observar a sus hermanas y a aventar conchitas y caracoles al agua mientras que Juanita, Perlita y Margarita, las tres niñas desobedientes corrieron encantadas y se metieron al mar.

            ...Era un viernes santo, viernes de silencio...las niñas jubilosas nadaban y nadaban en el agua, la que estaba muy fría, cortando con sus manitas las olas... y cuentan los mayores que cuando las niñas nadaban escuchaban raros murmullos en el agua, las que se pusieron más turbulentas, y de pronto todo se oscureció por unos instantes y sentían una rara transformación en sus cuerpos, luego espantadas vieron que de la cintura para abajo tenían la figura de un enorme pezy empezaron a rodearlas una gran cantidad de peces, las niñas desesperadas querían salir del agua, pero la corriente las jalaban mar adentro seguida de sus compañeros los peces, y ante los asombrados ojos del niño quien gritaba asustado, y las llamaba llorando, levantando sus manitas con impotencia al aire, pegando saltos sobre la panga, pero las niñas se alejaban más y más diciendole a Dios con sus manitas.

            Por su desobediencia las niñas se habían convertido en tres hermosas sirenitas quedando sus padres y hermano sumidos en la tristeza. Y contaban los ancianos que los padres de las niñas desobedientes, salían todos los días hasta el anochecer, a recorrer las orillas del mar con la esperanza de ver a sus hijas aunque sean convertidas en sirenas...pero que nomás ondeaban sus escamosas colitas de pescado entre las hermosas olas confundiéndose con los murmullos del viento y el mar las voces plañideras de este triste y bello canto de las desobedientes niñas que un viernes santo se metieron al mar.

            “Nuestros padres y hermano, ¿dónde estarán? Al vaivén de las olas nos alejamos más  y más. Cómo olvidar, fue un viernes santo las niñas se metieron al mar, por ser desobedientes son sirenas de la mar”.


            Aquel viernes santo, viernes de silencio alrededor de las hornillas inundadas de aromas, todos estábamos en suspenso escuchando a la abuela, hasta mi viejo perro el pachuco estaba tirado a mis pies emocionado, y continuó diciendo mi nanita, y cuentan que sus padres ya viejitos, seguidos de muchos niños, buscaban a las sirenitas por toda la orilla del mar, para escuchar su triste canto, que un día, a sus padres, ya no le vieron nunca más...terminó diciendo la abuela añadiendo que el viernes santo es el día más grande para toda la humanidad y desde entonces se hizo la conseja popular que los mayores aconsejan a sus hijos que el viernes santo se debe de guardar y sobre todo, no meterse al mar porque se convertirían en sirenas.

viernes, 20 de marzo de 2015

LA PAZ QUE SE PERDIO
POR MANUELITA LIZARRAGA

“LA CASA DEL CUCURUCHO”.

            Antaño, cuánto miedo sentía al pasar por esa antigua mansión en mi época de estudiante...la casa del cucurucho...la gente le sacaba la vuelta, tenían mucho temor de pasar por allí, por todo lo que se contaba de ella...estaba envuelta en la leyenda...era motivo de cuentos de los mayores alrededor de las hornillas en épocas de lluvias. Era una casona construida de ladrillo, de techo alto de cuatro aguas, de teja manila, la que siempre estaba abandonada ubicada en las calles 5 de Febrero y Madero, la mencionada mansión, estaba rodeada además de la leyenda, de un solar baldío, por donde la gente del pueblo se acostumbró a transitar para acortar camino.

            Fueron incontables las personas asustadas en esa casa...se contaban varias leyendas sobre ella. Algunas gentes vieron a una niña de rubios cabellos recargada en el cristal de la ventana con un gesto de dolor en el rostro llorando, haciendo señas con sus manos, con desesperación...otros decían que en la pileta del patio, en la que antiguamente curtían cueros, escuchaban el llanto lastimero de un niño...también decían que miraban a un hombre agachado metido en la tinta, como trabajando en la pileta, con los pantalones arremangados bajo las rodillas y luego desaparacía y otros decían que del solar que rodeaba la casa del cucurucho, salía una alta mujer de largos ropajes blancos de cabellos hasta debajo de las sentaderas, la que se metía entre los demás solares, y el caserío dormido. En esa época, según, pasaba la mujer por donde ahora es la Escuela Rosendo Robles, salía hasta la brecha donde ahora es carretera, y se metía por debajo de la alcantarilla que estaba a la altura de donde está el Yonque el Chepe, por donde pasaban las aguas broncas de un brazo del arroyo de El Palo, y la mujer se iba como flotando por todo el arroyo perdiéndose en la orilla del mar. Fueron varios los osados que la siguieron, pero regresaban espantados por que desaparecía en el mar.

            A falta de radio y televisión, las narrativas de sucesos espeluznantes, de leyendas de viejas mansiones, de la historia de la familia, y de algunos santos contados por los mayores, era motivo de reunión familiar, era parte de nuestras costumbres de antes, que hacían mas ameno el transcurrir de la vida cotidiana de los sudcalifornianos. Siempre que paso por donde estuvo aquella antigua casona EL CUCURUCHO viene a mi mente aquella leyenda que la rodeaba, y que nos contaban los abuelos; principalmente la experiencia que les tocó vivir a los señores Enique, María de Jesús, Carlota y Florencio. Todos  ellos ya fallecidos, y.don Florencio contaba este hecho espeluznante que vivieron

            “Por la época de los 40, del siglo pasado, cuando afloraban en ellos las ilusiones, acudieron a un baile que se celebraba como era costumbre, en la escuela Dos; ahora Melchor Ocampo. Y después de disfrutar de una maravillosa noche de fiesta, regresaban caminando a la luz de la luna bajo la lápida celeste tachonada de refulgentes estrellas. Cuando pasaron por la casa del cucurucho, la que siempre estaba abandonada, les llamó la atención que a esas horas de la noche, estuvieran abiertas sus puertas, iluminada únicamente a la luz de las velas, sorprendidos se detuvieron, y con curiosidad se asomaron a la puerta y no podían dar crédito al espectáculo que se ofrecía ante sus ojos, ¡estaba en el centro del cuarto, en un catre, tendido un hombre muerto, rodeado de cuatro sirios encendidos!. Tenía las quijadas amarradas a nudo en la cabeza con un paliacate negro y las manos junto al pecho amarradas también con crespón negro, así como los pies amarrados también.

            A los sorprendidos jóvenes, les llamó la atención que no había dolientes por ningún lado, y se les hizo muy feo, seguir su camino sin acompañar aunque sea un ratito al muerto, porque esas costumbres eran muy respetadas en aquel tiempo. En esa noche de plenilunio, parados aún en la puerta, donde el silencio era roto por el aullar de los perros, se pusieron de acuerdo los 4, y decidieron quedarse a velar el cuerpo aunque fueran unos momentos, porque además ya casi iban a ser las doce de la noche, y antes no se acostumbraban los bailes que terminaran tan tarde, y para ellos esa hora ya era muy tarde y temían toparse en el camino con el llanto lastimero de la llorona, o el judío errante Se metieron al fin a la casa del cucurucho y volteando para todos lados buscando los dolientes, sin ver a ninguno, se sentaron en unas rústicas bancas de madera.

            La mortecina luz iluminaba el cadaverico y barbado rostro de aquel hombre, y en medio del silencio sepulcral observaban todo a su alrededor. Llamándoles la atención que la blanca sábana tendida en el catre, donde estaba el difunto en cada esquina tenía bordada artísticamente a punto de cruz unas iniciales “MB”, en color azul así como la funda de la almohada donde descansaba la cabeza del muerto. Además, vieron también que debajo del catre, como era la costumbre, estaba una plasta de ceniza en el suelo marcada con una cruz dentro de un círculo. Los minutos pasaban y se les hacían interminables por que ni por asomo les daba que se tratara de otra cosa sino de un velorio, pero lo más extraño era que estaba solo el cuerpo sin ningún doliente. Don Enrique se levantó y salió a fumarse tranquilamente un cigarro a la enramada que estaba afuera, con ese pretexto buscaba familiares en los patios y todo estaba en penumbras, porque la luna se metía presurosa entre las nubes, quizás no quería ser testigo de lo que iba a suceder.

            Al término del cigarro, los muchachos decidieron retirarse. Temerosos, extrañados, volteando para todos lados salieron de aquel cuarto y caminaron unos cuantos pasos voltearon hacia atrás sin querer, y cual sería su sorpresa ¡estaban cerradas las puertas del cucurucho envuelta en la mas completa obscuridad!, y unas carcajadas se escuchaban que salían de la casa mientras ellos corrían despavoridos sin parar, con el corazón en la mano hasta llegar a su casa, donde vivían por el arroyo del palo.

            Los muchachos, estuvieron enfermos varios días tomando te de palo Brazil con raíz de choya y bola de cilantro para el susto. Y cuando al fin pudieron platicar lo que les había pasado aquella noche en la casa del cucurucho la familia no les creía y decían que estaban locos. Los muchachos insistieron tanto en lo que les pasó, que sus padres los acompañaron a inspeccionar la casa, pero de día, la que estaba en el mas completo abandono, con telarañas y todo, pero en la enramada se encontraron la chupita del cigarro que el Tío Enrique se había fumado. Por mucho tiempo a estos muchachos  se les quitó la maña de andar en los bailes.

           


La casa en mención, ya no existe. En su lugar se encuentra una moderna construcción. Antiguamente, la casa del cucurucho, fue habitada por una distinguida familia que venían procedentes de El Triunfo. Después, según vox populi, fue una curtiduría de pieles, y antes de estar esta mansión, era un almacén de sal. Seria verdad, o mentira lo que contaban estos señores, cuando yo era niña, pero la verdad es que me daba mucho miedo pasar por ese rumbo. A don Florencio y Don Enrique  le he preguntado nuevamente sobre esta historia y ratificó su versión, del muerto aparecido en el cucurucho.

“…Por el placer de Escribir… Recordar y Compartir…”



martes, 17 de marzo de 2015

LA PAZ QUE SE PERDIO
POR MANUELITA LIZARRAGA


“DON ENRIQUE CUNNINGHAM GASTELUM...Y...EL BOOM DEL COMERCIO EN LA PAZ DE AYER “



            Don Enrique Cunningham Gastelum... Un ocho de septiembre, día de la natividad de María Santísima...nació a la vida eterna...sus ojos se cerraron para siempre...cabalga en las brumas del tiempo, en el viaje sin retorno. Entre crespones y hermosos arreglos florales, el inerte cuerpo de aquel próspero comerciante descansaba en el tétrico ataúd...los labios de su amada esposa, Doña María, su inseparable compañera de toda la vida, en silencio musitaba plegarias rogando por el eterno descanso del alma de Don Enrique...plegarias  a las que se unieron su hijo Jorge, su nuera Blanca y sus nietos Roberto Enrique, Oliver Estuardo y Blanca María; así como sus hermanos, demás familiares y amigos, quienes le acompañaron en el cortejo fúnebre al Panteón Municipal de Los San Juanes, donde fue sepultado el anterior sábado 9 por la tarde de aquel año.

            Los recuerdos danzaban en mi mente en medio de oraciones y de rostros condolidos por la irreparable pérdida de persona tan apreciada y valiosa. Don Enrique Cunningham Gastelum proveniente de honorable y reconocida familia, nació en la histórica población de Loreto, la primera capital de las Californias el 2 de noviembre de 1918; siendo el mayor de once hermanos. Con una preclara inteligencia, a pesar de sus escasos estudios, fue un hombre muy trabajador y emprendedor de exitosos negocios que dieron trabajo y sustento a innumerables familias, siempre con el invaluable apoyo de su esposa la todosanteña María Salgado de Cunningham y quienes estaban próximos a cumplir 55 años de matrimonio. Una cálida tarde de verano, Don Enrique y Doña Mary llegaron con un bagaje de esperanzas e ilusiones a cuestas para sepultar sus raíces y su corazón, cuando era aquella Paz tranquila, de romance, de perlas y de molinos de viento.

            En el evocador kiosco cuando estaba construido sobre el malecón y sin escalera, el que era el punto de reunión de la gran familia sudcaliforniana, Don Enrique y Doña Mary, fueron los primero en La Paz en iniciar el negocio de los raspados de frutas naturales y de sabores de color. También fundaron la funeraria La Paz, “La estrella polar”, la que luego fue Casa Cunningham así como El bebé de Cunningham, El bebé del valle y Tienda la bola; negocios que fueron el auge comercial de su época.

            Por la década de los 50 la gran tienda popular estaba siempre abarrotada de gente...el comercio en todo su apogeo en La Paz de Antaño...aquel aglutinamiento de personas se empujaban a codazos unas a otras, gritando con apremio, amenazando con echar abajo las puertas de cristal de la gran tienda del pueblo la que era una novedad, y la que vendía una diversidad de mercancías nacionales e importadas de diferentes partes del mundo, ya que su dueño el señor don Enrique Cunningham  viajaba constantemente a Japón, España y Estados Unidos así como al interior de la república para realizar las compras personalmente y ofrecer al pueblo sudcaliforniano, los artículos mas novedosos de la mejor calidad a precios increíbles.

            ¡diez pares de chanclas de hule orca pollo!, gritaba la gente, cuatro chamarras, dos crinolinas, diez cortes de tela, cuatro cobijas, etc. Entre atropellones y empujones logre meterme entre aquella multitud, no se sabia quien compraba y quien despachaba...enmarcada con el ruido que hacían el abrir y cerrar de las cajas registradoras y las sumadoras mecánicas. Asombrada entre aquel griterío de gentes donde todos querían ser atendidos y los empleados corrían para todos lados despachando, también yo me puse a despachar sin ton ni son, mi primer cliente fue don Daniel Arce, compraba por mayoreo y me asuste cuando empezó a pedirme los artículos por docenas y centenas...le iba despachando haciendo montón en el mostrador y en el piso, sin saber precios. De pronto, me encuentro a un señor muy atento que desde hacia rato sorprendido me miraba, y le  pregunte los precios de las mercancías para elaborar la nota y hacer las cuentas, y me dio precio por precio sumando la venta, 22.400 pesos de aquellos. No lo podía yo creer y el dueño de la tienda menos; y de pronto me pregunta el señor Cunningham, ¿señorita, quien es usted?. Hay perdone usted, le conteste, ando buscando al dueño de este negocio, para que me de trabajo; pero como vi tanta gente pues me puse a atender a este señor; y me contesta don Enrique muy sonriente. “anda buscando trabajo y ya vendió todo eso, esta usted contratada!”. Don Daniel Arce se dedicaba a la fayuca vendía en las rancherías, el era de La Purísima por el Norte del Estado.

            Antaño, todo los productos del macizo continental eran traídos en barcos japoneses de gran calado que algunos entraban por San Carlos, luego trasladaban las mercancías a La Paz por los caminos de tercería (no había carretera todavía), en camiones de líneas internacionales Tijuana. Así como por vía aérea, Aeromexico, Transmar de Cortes y barcos de cabotaje que atracaban en el muelle fiscal. Preciosas telas de seda traían, así como porcelana, cristalería fina y un sinfín de productos que abastecían las necesidades de las gentes del ayer. Las costureras tenían mucho trabajo eran unas verdaderas artistas que así contribuían al gasto familiar y de esa manera estaban mas vigilantes de sus hijos. Don Enrique Cunningham y su esposa doña María Salgado de Cunningham, mis padrinos de graduación, magnificas personas que se distinguieron por su calidad humana y como jefes fueron muy queridos y respetados por su personal. Unos cuantos meses labore como empleada de piso en el Bebe, y  luego para impulsar las ventas de casa Cunningham me mandaron con doña Mari. ¡Que preciosidades se vendían en esa tienda!. Ubicada en Independencia Y Revolución, contra esquina de la plazuela, a  un lado de la parroquia y frente al antiguo correo. ¡es inolvidable! Cristalería cortada, como juegos de licoreras y perfumeros juegos de te japoneses vajillas, mantelería, así como mantillas españolas bordadas a mano, perfumería de marcas exclusivas así como ropa fina y corsetería, además de equipo para novias y ropa en general. Joyería de oro de catorce y 18 kilates con monturas de perlas naturales sudcalifornianas. Llegaban los pescadores y le vendían  a doña mari los frascos de perlas a granel en 30 y 50 pesos el frasquito, y me encantaba poner las perlas en una concha de abulón a 10 y 20 pesos cada perla. ¡es para no creerse!, cuanto se vendia en esa epoca, abundaba el dinero, el turismo se iba derechito al bebe de cunninghan y a casa cunningham la que recuerdo desde mi infancia se llamaba la “estrella polar”.

             En la década de los 50, el valle de santo domingo estaba en su auge...el trigo, el algodón...los agricultores venían a hacer sus compras a La Paz y vaciaban las tiendas, especialmente casa cunningham y el bebé., tenían preferencia por la chamarra y el pantalón levis que ya vendian el numero 501, así como el pantalón mexicano de la marca EL venado. Camisas vaqueras, cintos y sombreros, así como botas. La bota minera era muy solicitada por los rancheros así como los sombreros, entre tantas cosas propias para sus necesidades. El bebe de cunningham era la tienda mas popular por su calidad, surtidos y precios. El dólar en ese entonces estaba a 12.50 de aquellos pesos y el salario mínimo a catorce 40. Yo trabajaba por comisión sobre venta al dos por ciento y sacaba hasta 35 pesos diarios. En el bebe de cunngingham todo se vendía barato. Calcetines para caballero 3 por doce cincuenta. Medias cannon 3 por 12.50 fondos dos por 12.50 chancla de hule a dos por 1 peso...etc. don Enrique y doña mari, siempre les dieron muy buen tratos a sus empleados, así como estímulos, quienes trabajaban muy contentos para ellos. Don felipito murillo querido e inolvidable amigo, y compañero de trabajo, siempre estaba a mi lado así como su hijo Germán un magnifico administrador y que decir de las compañera de trabajo del ayer.

            La fecha mas importante en el bebé de Cunnningham y que era esperada por la población por la barata que ponían, era el cinco de mayo, su aniversario...( el apoteosis) y la afortunada madre que daba a luz a su hijo ese día, don Enrique y doña mari les obsequiaban su canastilla bien surtida de ropa de la mejor calidad para el bebe, además le llevaba el mariachi y eran los padrinos del niño que bautizaban. Así fue como es que tiene varios ahijados por aniversarios el bebe, entre ellos, a la educadora, María Enriqueta Lucero Alvarez, quien lleva el nombre de sus padrinos, María y Enrique. El boom del comercio en La Paz que se perdió...las modas...las crinolinas... las serenata con mariachi a la luz de la luna, la cola de caballo, serenatas en el kiosco y la plazuela... con las orquestas del momento de Don Rafael Castro y de Don Luis Gonzalez...y en la bahía apenas se empezaba a ver una que otra lancha con motor entre los veleros... y los pescadores felices hasta se reían solos...había unos cuantos presos en el sobarso tiempos que ya se fueron...pero, entraron los ferris, se abrieron carreteras, el progreso trajo aparejada la crisis en que estamos....mas de 800 presos en la cárcel, la juventud perdida en las drogas, desintegración familiar, perdida de valores, entre otras cosas. Creo que algunos comerciantes del ayer, y los antiguos sudcalifornianos suspiran por ese boom comercial que se perdió.

…Y aquel comerciante de mente tan brillante no necesitaba saber leer y escribir para ser un gran empresario y un admirable ser humano… Cabalga en las brumas del tiempo…


“…Por el placer de Escribir… Recordar y Compartir…”



jueves, 19 de febrero de 2015

“EN EL CUARTO NUMERO SIETE...VOCES Y APARICIONES DE ULTRATUMBA”.

         “ ¡Límpiame!... ¡límpiame!... ¡lávame!... ¡qué me laves te digo!”...son voces que se escuchan en el cuarto número siete, en penumbras en cierto hospital de prestigio...son varios los espantados...de repente, sienten un escalofrío que les enchina la piel y les recorre todo el cuerpo como si les levantaran la piel hasta la nuca...es el miedo...sienten una presencia dentro de la habitación y de pronto se empieza a aparecer a los pies de la cama del enfermo la fantasmal y encorvada figura etérea de una ancianita de blancos cabellos vestida de color azul a cuadritos y muy airada señala con la mano al tiempo que dice ¡límpiame!... ¡límpiame!, ¡lávame y límpiame!, ¡qué me laves te digo!...con pasos lentos camina dentro del cuarto por unos instantes, y se va encaminando hacia la puerta metiéndose  al baño.
Esta terrorífica y escalofriante experiencia la vivieron hace pocos días, madre e hija, Seferina y Juliana, quienes estuvieron por varios días internadas en el cuarto número siete, ya que Juliana fue intervenida quirúrgicamente y su señora madre, como es lógico, cuidaba de ella. incrédula, con el rostro descompuesto, muy espantada, cuenta Doña Seferina aquellos amargos momentos vividos en ese cuarto número siete. Eran altas horas de la noche...todo estaba en silencio en aquel hospital de pasillos en penumbras y silenciosos pasos...ella se encontraba descansando en el sofá con el rostro semi cubierto con un chal...observando el cuerpo de su hija; atenta al goteo del suero, contemplaba la palidez de su rostro y el rítmico latir de su corazón...de pronto, de las sombras que cubrían el cuarto número siete, se apareció a los pies de la cama de la enferma la fantasmal figura de una viejecita encorvada de cabellos blancos vestida de color azul a cuadritos, con el rostro descompuestos por la ira...moviendo los ojos y labios al tiempo que una mano, como si ordenara algo, pero Seferina no alcanzaba a escuchar que decía.
Horrorizada, temiendo que su hija se despertara y se asustara con aquella tétrica aparición, se levantó rápidamente rumbo al baño, y ante su sorpresa, la pequeñita mujer la seguía...cuando Seferina abrió la puerta del baño la ancianita le ganó, y atravesándose a través del cuerpo de Seferina, ésta se metió al baño hasta la cortina del mismo; entonces, Seferina rápidamente cerró la puerta y no entró, quedando la viejecita dentro del baño. Todo pasó en un instante que a Seferina le parecía siglos...angustiada y temerosa, sin comprender todavía por qué pasaba esto que estaba viviendo, ella que no creía en estas cosas de aparecidos, y hasta se burlaba cuando escuchaba comentarios sobre el tema y sacando fuerzas de su amor de madre, para no asustar a su hija se acostó nuevamente echa bolita, tapándose la cara encomendándose a Dios, rogándole que no permitiera que pasara una noche más en ese cuarto, y pidiéndole por esa alma en pena. Al fin amaneció, y la claridad del nuevo día iluminó cuartos y pasillos de aquel hospital. Desde luego, no le dijo nada a la enferma ni a nadie, para que no se filtrara el comentario sobre este macabro suceso y se asustara la muchacha.
Añade Doña Seferina que al pasar por la recepción la tarde de ese mismo día, estaban varias enfermeras cuchicheando entre ellas, muy quedito, pero que alcanzó a escuchar que una de ellas, muy airada haciendo gesto con la mano decía “ ¡Les digo que aquí espantan muchísimo y no me lo quieren creer!”. Al pasar ella, la joven bajó la voz, temerosa de que la escuchara...y Seferina pensó...”Si supieran la noche que yo viví tampoco me lo creerían”. Al fin dieron de Alta a Juliana la tarde del día siguiente, pero al llegar a su casa, la muchacha le dijo a Seferina “Mamá, gracias a Dios que ya estamos en casa; no te quería asustar, pero en ese cuarto número siete del hospital, ¡espantan!.
¡Pero cómo!”, le dijo sorprendida la señora Seferina a su hija, sin contarle lo que ella vivió. – Fíjese mamá que hoy al mediodía que usted se fue a comer a la casa de mi tía, ¿recuerda que le hablé por teléfono urgiéndole que se viniera pronto y me trajera una prenda de vestir?, ¡pues era puro pretexto!, porque tenía mucho miedo; pasé unos momentos muy terribles y estaba muy solita, operada, con el suero y todo, sin poderme mover, no quise decirle nada en el hospital para no asustarla, pero le pedía a Dios que ya no pasara un día más en este cuarto número siete y llegara la noche porque no lo iba a soportar.- ¡Pero que viste hija!. –Eran como las tres de la tarde de aquel terrible día...el cuarto estaba a obscuras  y el televisor apagado...de pronto ante mis asombrados ojos se apareció a los pies de mi cama una viejita que se fue caminando junto a mis oídos con el rostro churido de coraje diciéndome al tiempo que señalaba con su mano muy airada, ¡lávame y límpiame!, ¡que me limpies te dijo!, ¡límpiame y lávame!.
Cerré mis ojos para no ver...y en silencio me puse a orar...no podía creer lo que estaba sucediendo, en pleno siglo XXI, y que yo una profesionista a mis escasos veinte años viviera esta macabra experiencia. Estaba rezando con los ojos cerrados y la orden se seguía escuchando, hasta irse apagando poco a poco...luego, todo quedó en silencio...no quería abrir los ojos...así me quedé por un buen tiempo...después de un rato que me pareció una eternidad, la puerta se abrió y escuché la voz más hermosa y amada de mi vida que deleitó mis oídos, alegró mi corazón y volvió la calma a mi alma. – Ya estoy aquí hija...aún así no abrí los ojos...y usted creyó que yo dormía...pero no era así me aguanté de no decirle nada para no asustarla. Así es que, mutuamente, madre e hija que vivieron esta experiencia, no se querían asustar.

...Por las dudas...ten mucho cuidado con los cuartos números sietes en los hospitales...más vale que te vayas persignado, no te vayan a espantar...

“…Por el placer de Escribir… Recordar y Compartir…”


Este trabajo fue publicado, hace más de 10 años en el periódico “El sudcaliforniano” revista “Compás” y programa de radio “Contacto directo”







martes, 27 de enero de 2015

“MUJER EJEMPLAR...LA SUDCALIFORNIANA DOÑA RAFAELA VERDUGO DE GONZALEZ...Y LA CASITA DE MIS RECUERDOS”.



            Mis pasos me llevan continuamente por esa callecita donde se pierden en el polvo y el pasado las huellas de mi vida...al ver la casita desentablada que amenaza derrumbarse por el paso del tiempo, y que albergó parte de mi feliz infancia...como corceles desbocados galoparon en mi mente los recuerdos transportándome a aquella época en que alguna vez también yo fui niña y tenía apenas seis añitos...y embargada de gran emoción me encaminé al hogar de la distinguida y muy querida señora Doña Rafaela Verdugo Verdugo, viuda de Gonzalez, tan unida a mis recuerdos que forman parte de mi vida y que al paso de los años tengo la fortuna del reencuentro del pasado con el presente, regalándome gratos momentos en el ocaso de su vida, y cuando mis pasos también ya van siendo lentos, que disfrutamos mutuamente.

            Su rostro está como una sonreida margarita...en el invierno de su vida, en su cabeza florecieron los lirios...sus ojos son como una fuente de cristalinas aguas que reflejan la dulzura de su alma...su pequeña figura, encorvada por el paso de los años, encierran un espíritu bondadoso y fuerte, de proporciones inmensas...esa mañana de Otoño en que los árboles se deshojan, y los pájaros canores cambian su hermoso plumaje, al rítmico vaivén de la rechinadora y cómoda poltrona, en el amplio corredor inundado de pájaros y custodiada por dos enormes perros, el “Rocky” y el “Duque”, sus fieles guardianes, Doña Rafaela Verdugo Verdugo dijo que nació un 24 de Octubre de 1911 en el pintoresco pueblo minero de Santa Rosalía, cuando la explotación del cobre y otros minerales estaban en su auge. Su padre, Don Vicente Verdugo fue un aguerrido capitán de los siete mares, que tripuló barcos mercantes guiados por la brújula y las estrellas; entre los barcos que recuerda que conducía son los Korrigans, El Mavari, El Precurso, El Matilde, El Edna rosa, El Raúl, El blanco, entre otros muchos que hicieron historia en la navegación en la península; y su señora madre fue una industriosa y gran mujer, Doña Catalina Verdugo, nativa del rancho ‘El romerrillal”.

            Debido al trabajo que desempeñaba su padre, el capitán Don Vicente Verdugo, un tiempo vivieron en Santa Rosalía y otro tiempo en Guaymas, Sonora, hasta que finalmente cuando ella tenía siete años se vinieron a vivir a La Paz; concretamente por el palmar del barrio El manglito, por la mojonera, cerca del gran estero del arroyo del palo, el que estaba tan hermoso todo eso inundado de manglares y pájaros canores y felices jugaban todos su hermanos: Francisca, Dora, Socorro, Mariana, Josefa, Rosario, Catalina, Justino y Daniel a quienes recuerda con gran cariño. Eran tiempos de Jauja en La Paz...estaba en su auge la explotación de la perla, la minería, la ganadería y la pesca...había muchos molinos de viento y huertos inundados de árboles frutales, que hasta se echaban a perder, así como del alegre trino de los pájaros que alegraban aquel ambiente provinciano.

            Los recuerdos iluminaron la mirada de la dulce y tierna muchacha antigua, Doña Rafaelita, quien arrellanándose en su poltrona, continuo diciendo “En 1918, el 15 de septiembre azotó un devastador ciclón en La Paz, el más grande de todos los tiempos que se recuerda, y que gracias a que su padre, marinero y previsor que era, construyó de fuertes troncos la casita bajo las palmeras, y sobrevivieron sin ningún percance, a este gran huracán. Su mamá Doña Catalina Verdugo, fue una mujer muy industriosa y trabajadora, hacía sombreros de lona y de palma para vender a los pescadores, así como era una diestra cazadora de liebres y pájaros, los que abundaban por ese manglar. Hacía trampeadoras y atrapaba los pájaros, los que mandaba a sus hermanos  y a ella a venderlos por las casas, ya que era una costumbre tener pájaros en cada hogar, porque decían los mayores que el tener pájaros, era una buena terapia para los nervios. Doña Rafaelita, cursó su primaria en la Escuela Número 48, la que estaba ubicada en la casa de la familia Amao, en Juarez y Revolución. Antes dijo se estudiaba hasta cuarto año y los alumnos salían muy bien preparados para ser maestros, pero ella se dedicó a las labores del hogar, que era una escuela de oficios y artes al lado de sus padres.

            Así, transcurrieron los años y de la infancia pasó a la adolescencia en las orillas del mar, entre peces y pájaros, y las ilusiones afloraron en su joven corazón. Una soleada mañana que andaba revisando las trampeadoras de pájaros en los manglares del arroyo, el que era un gran estero, en su barca caracola, llegó a su casa buscando un sombrero de lona Pancho el pescador; el joven Francisco Gonzalez, quien era toda una leyenda este muchacho por su valentía y dominio en las artes de la pesca. Ese día se conocieron, naciendo un profundo amor entre ambos, que culminó en el altar. Bendijo el creador su hogar con 8 hijos: Aurelia, Rafela, Marianita, Dolores, María de los Angeles, Socorro, Francisco y Ramón; así como creció a los hijos de su hermana Josefa, quien muy joven falleció, dejando tres niños en la orfandad, Yolanda, Enrique y Xóchitl.

            Doña Rafaela Verdugo y Don Francisco Gonzalez fueron padres ejemplares quienes durante toda su vida demostraron el alto espíritu de servicio, y formaron una bonita familia muy unida educada a las normas y las costumbres de su época. En la casita de mis recuerdos, a un lado de la casa de ellos, vivimos muy felices mis padres, hermanos, mi abuela y el perro el pachuco. Cinco décadas atrás, todos éramos como una gran familia. Las grandes hornillas de Doña Rafaela  y las de mi madre, siempre estaban encendidas llenas de cazuelas rebosantes de exquisitos y aromáticos guisados que jubilosos compartíamos. ¡Una guazanga se  hacía con aquel montón de chamacos!, y Don Panchito siempre se preocupaba porque todos comiéramos juntos. Cómo olvidar, cuando el hacíamos guardia a la gran olla de cocido que Doña Rafaela, ponía en unas improvisadas hornillas en el patio, y nos mandaba a atizar la lumbre o a despumar el caldo al primer hervor, is hasta le bailábamos alrededor de la olla de cocido con todas sus verduras, y aquella cazuelona de arroz coloradito que tan sabroso hacía,  mientras que en la cocina se escuchaba palmear haciendo las tortillas de maíz. Era un alboroto en la gran meza con su hule floreado y su blanco mantel de lindos bordados. ¡que tiempos!.

            Al término de aquel banquete,  después de lavar los trastes, por que en esa casa cada quien tenía su quehacer, con la toalla en el hombro, nos íbamos todo el muchachero y hasta el perro, a bañar a la playa; allí nomás a la bajadita, en el palmar de Abaroa. Antes de que se pusiera el sol, ya estábamos en casa y la cena ya estaba lista. Que felicidad! Después de la cena y de hacer las tareas jugábamos a las escondidas a la cuerda, a los colores, al matarile, el cani cani, y  rematábamos con la lotería a la luz de los candiles, hasta mi abuelita participaba en el juego. Esa casita de mis recuerdos al lado de la familia Gonzalez Verdugo, la que ya está a punto de derrumbarse, 50 años atrás fue muy hermosa. Allí vivieron antes que nosotros, la mamá y la abuelita de Doña Rafaela. Así eran las casa de los que menos tenían en aquellos tiempos.

            Los domingos, después de ir a misa, las muchachas Gonzalez Verdugo y mis hermanas mayores rentaban una panga con don Rafaelito frente al malecón y nos llevaban a pasear a canalete y vela tendida por la hermosa bahía de La Paz. Les encantaba pasar por debajo de los pilares del muelle fiscal,  y por todo el canal. Mientras le daban al canalete las jóvenes iban cantando y los chamacos chiquitos íbamos con los ojos muy pelones, muy contentos contemplando aquellas maravillas bajo las cristalinas aguas y las blancas arenas. Con su alto espíritu de servicio, Don panchito y Doña Rafaela fueron los de los pioneros, entre muchos otros ciudadanos, que impulsaron la fundación del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y la Ciudad de Los Niños. Trabajaron tenazmente para lograr su desarrollo desde la primera piedra del templo. Hacían kermes, rifas y tantas cosas para recaudar fondos, así como ayudaban en las labores de atención de los niños internos. Fueron Guadalupanos distinguidos. Fue época de mucho trabajo; estos guadalupanos dejaron su mayor esfuerzo en la construcción del santuario de Nuestra señora de Guadalupe y en mí un bello recuerdo de una familia maravillosa, gran amiga de mi madre que compartió el pan y la sal con nosotros así como gran parte de su vida cotidiana. Donde abundaron las vivencias y cómicas travesuras y anécdotas de aquellos tiempos.

            ¡Muchas felicidades Doña Rafaela Verdugo de Gonzalez!. Gracias por concederme el privilegio de su amistad...Dios la guarde por muchos años más y a mí, para seguirla disfrutando… Doña Rafaelita cabalga en las brumas del tiempo… “Tienen tus ojos un raro encanto…tus ojos tristes”…

            ...Esa casita de madera a punto de derrumbarse...mudo testigo del pasado...guarda gratos recuerdos familiares en aquella Paz de Antaño y de la familia González Verdugo…


“…Por el placer de Escribir… Recordar y Compartir…”







lunes, 19 de enero de 2015

“!MATARON AL ZAPATERO!...GRITABA EL PERICO...FUE UN SUCESO QUE CONMOVIO A LA POBLACION ”



            Cuentan los mayores, que gracias al perico se descubrió este alevoso crimen del zapatero y su esposa...otros dicen que la niña al ver entrar a los asesinos, asustada se metió dentro de un barril y se cubrió de trapos la cabeza...fue la única que se salvó de las manos de los asesinos...corría el año de 1915...tiempos de movimientos políticos y revolucionarios en La Paz...Don Miguel Armenta Ramos era el talabartero, zapatero y remendón de aquella Paz de antaño...su hogar y taller estaba ubicado en las calles Revolución y Juarez...era una casona de madera con techo de tejamanil de 4 aguas...tenía un gran patio con muchos mezquitales, donde bajo su fronda la niña Cristina jugaba... y en el corredor junto al tinajero estaba la jaula con el perico...Don Miguel y su esposa Agustina Martínez fueron personas muy apreciadas por las gentes del ayer...la calidad de los trabajos que realizada, así como con su trato amable, se había ganado la preferencia y simpatía del público consumidor.

            Era tanta la demanda de calzado y de trabajos de reparación, que el zapatero se vio en la necesidad de contratar dos empleados...cuentan los que saben mucho, que éstos eran de Colima y la gente los bautizó como “los colimitas”. Los jóvenes trabajaban bien y poco a poco se iban ganado la confianza del zapatero y su esposa, así como de la gente del pueblo. Nadie se imaginaba que estos hombres que vinieron de fuera eran de mala entraña. Aquella cálida mañana del mes de Agosto, la muerte rondaba por la zapatería...una noche antes, los empleados del zapatero se habían emborrachado y eran de los que la “agarraban y la seguían”...y dicen que los perros del barrio habían aullado lastimeramente anunciando desgracia...esa mañana, Don Miguelito Armenta abrió como de costumbre la zapatería...las horas pasaban y los empleados no llegaban; lo que extrañó al zapatero...de pronto, éstos hicieron su aparición en el marco de la puerta del negocio, pero venían cayéndose  de borrachos.

            Los colimitas le pidieron dinero prestado al zapatero para seguir tomando, y naturalmente que el señor se negó. Les reprendió y les dijo que se fueran a dormir a su casa para que se les pasara la borrachera y se presentaran a trabajar al día siguiente. Aquellos hombres eran de mal corazón...tenían negras las entrañas...se fueron renegando profiriendo maldiciones...durante aquel aciago día del mes de Agosto, en la zapatería de Don Miguel Armenta, rompía el silencio el golpe del martillito sobre los clavitos...nadie se imaginaba la desgracia que se gestaba...cuentan que los vecinos en el barrio andaban espantados porque días antes habían escuchado cantar las gallinas como cantan los gallos y eso, según se creía anunciaba muerte. La niña Cristina de 8 años jugaba tranquilamente en el patio con su muñeca de trapo, mientras que de la cocina escapaban aquellos olores de exquisitos guisados elaborados por Doña Agustina.



            Llegó la tarde, y nada importante ocurrió...cerraron el negocio a la hora de costumbre, y se fue cubriendo aquel ambiente de penumbras...como era la costumbre debido al intenso calor del mes de Agosto la gente dormía afuera de sus habitaciones, en los patios y banquetas al aire libre...y Don Miguel, su esposa y su hija, no eran la excepción...eran altas horas de la noche...todo estaba en silencio...los señores dormían plácidamente en el patio de su hogar cubiertos apenas por una blanca sábana...amparados por la sombra de la noche, y ante los asombrados ojos del perico, los asesinos penetraron a aquel hogar...tomaron las hachas del taller y sin remordimiento alguno, no se tocaron el corazón para matar a hachazos al zapatero y su esposa.

            Una versión cuenta que la niña se salvó de milagro, porque estaba al fondo del patio durmiendo en un catre bajo los mezquitales...otros dicen, que la niña al escuchar ruidos de alguien que se metía a su casa y al ver que sus padres dormían, sintió miedo y se metió en un barril echándose ropa encima para que no la vieran; por eso, fue la única que se salvó. La hermana de Doña Agustina acostumbraba visitar la casa del zapatero muy de mañana para tomar el café con ellos, y estaba impuesta a que lo primero que miraba a esa hora de la madrugadita, era a su hermana barriendo la calle y banqueta. Pero esa mañana le extrañó sobre manera que no andaba afuera la esposa del zapatero...alarmada, presintiendo que estuviera enferma, o que algo malo le hubiera pasado, presurosa se metió a la casa. Y lo primero que escuchó fue al perico que decía: “LOS COLIMITAS MATARON AL ZAPATERO!...!MATARON AL ZAPATERO!”...que era una cantaleta del perico como si le hubieran dado cuerda, pero cuando entró al patio su sorpresa fue muy grande...el cuadro que estaba ante sus ojos era desgarrador...en el camastro estaban los dos cuerpos, el zapatero y su esposa con las cabezas destrozadas cubiertos con la sábana que ya no era blanca si no tinta en sangre.

            El grito que emitió la pobre mujer se escuchó varias cuadras a la redonda...enloquecida buscó a la niña, que unos dicen que estaba dormida en un barril, otros dicen que dormía plácidamente en su catre al fondo del patio, y que por fortuna los asesinos no la vieron, sino, también hubiera corrido con la misma suerte. Lo cierto es que la niña se salvó de la masacre y creció al amaro de sus tías, la niña es la señora madre del famoso artista Manuel Ojeda. La vox populi decía que gracias al perico se descubrió a los asesinos y que luego luego los agarraron las autoridades de la época y los mandaron a la cárcel de Mulegé donde según se dice murieron enfermos de lepra. Don Miguel Armenta Ramos, el zapatero fue casado por primera vez con la señora Tomasa Mendoza con quien procreó 8 hijos: María Elena, María de Jesús, Socorro, Juanita, Rodolfo, Enriqueta, Raúl y Rosalía. El zapatero quedó viudo y en su segundo matrimonio con la señora Agustina Martínez procreó una niña, Cristina.

            Cuenta Doña Rosalía Toledo Armenta, viuda de Araiza, nieta del zapatero asesinado cruelmente, que su mamá Doña Juanita Armenta de Toledo le contaba esta triste historia de si abuelo a quien no tuvo el gusto de conocer ya que esta desgracia sucedió en los primeros días en que se casó su mamá en el año de 1915. Doña Rosalía es una hermosa muchacha antigua que nació en Septiembre de 1918 y que tiene dos hijos; Gustavo y Carlota, un saludo afectuoso para ellos. La casa del zapatero, como es lógico se cerró...al tiempo, su dueño la rentó a un señor Domínguez quien puso una cantina, donde se suscitaban pleitos; y en uno de tantos pleitos, mataron a otra persona de un balazo, allí donde fue la casa del zapatero...cuentan que intervino la autoridad y la casa del zapatero quedó abandonada por mucho tiempo...se dice que la gente que pasaba por allí escuchaban estertores de agonía...estos sucesos se perdieron en el tiempo y en el olvido...a través de los años los que han tenido la mala suerte de pasar por allí y que escuchan estos estertores agónicos ignoran que allí murieron trágicamente tres personas.

            ...”!LOS COLIMITAS MATARON AL ZAPATERO...MATARON AL ZAPATERO!”, gritaba el perico.


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jueves, 15 de enero de 2015

“EL SORDO CAMACHO Y SU TROCA...FUE EL HERRERO DEL PUEBLO”.

           
            Sordo Camacho!...!hace mucho ruido la troca!...gritaban los niños en el ayer, al paso de la negra troca, que se tambaleaba toda, llena de tiliches, del herrero del pueblo...y el sordo Camacho les contestaba “!No hace ruido, no oigo nada!”...y es que, era cierto, él no escuchaba por que estaba sordo.

            De la alta copa de su peculiar sombrero de palma, atascado hasta los ojos, sobresalía la larga nariz, contrastando sus grandes y anchas orejas con su pequeña boca. Así era el sordo Camacho, refunfuñón y buena gente especialmente con los niños...era todo un personaje en La Paz que se perdió...alto, de complexión delgada enfundado siempre en un overól de mezclilla, el que por su mismo oficio generalmente estaba sucio...y sus pies calzados con botas tipo minero de las que fabricaba don Julio Beltrán, el zapatero del pueblo...los dientes le blanqueaban en el rostro lleno de hollín...era un hombre de piel blanca pero parecía de ébano, por el mismo tizne generado por su trabajo en la forja y la fragua...apenas cabía en la larga y negra troca de pedal de encendido de “cran” modelo t-28, de aquellas...la que siempre traía llena de fierros y cosas propias de su quehacer...era el mejor herrero del pueblo...fue el personaje popular de los niños del ayer, por su actuar, su troca llena de  ruidos y su manera de vestir...quizás a los niños les llamaba la atención su rostro lleno de hollín en el que contrastaba la blancura de sus dientes y la tierna mirada. Antes, don Antonio Camacho tuvo un carretón tirado por mulas, en el que acarreaba barricas de agua, y todo los utensilios de su trabajo.

            Antonio Camacho fue su nombre...vivió en Aquiles Serdan y Legaspi, allí tenia su taller de herrería...era originario de El Carrizal Baja California...a la luz del fogón se vislumbraba entre las llamas y humos la sonriente y tiznada faz...!Cuánto les gustaba a los niños ver cuando le daba con un palo a la fragua o forja para encender el fogón para realizar su labor!...enllantaba carretas y carretones, así como carruajes, hacia los camones y rayos de madera para las carretas, era el único en su época, que arreglaba las bombas de los molinos de papalote...hacia barras, cuñas, puntas de arado, herraduras para los caballos y todo tipo de herrajes, cuando no había soldadura ni luz eléctrica aquí en La Paz, era un hombre muy competente, un maestro en la rama de la herrería, se las sabía de todas todas, era un mil usos, le hacia ingeniosos aditamentos inventados por él a la fragua así como a su troca, la que traía llena de tilichis que hacia mucho ruido el que se escuchaba por todo el pueblo en aquellas callecitas empedradas de La Paz de antaño.

            ¡Ahí viene el Sordo Camacho!, gritaban con alegría los chamacos del ayer...y el Sordo Camacho se bajaba de la troca cual largo era, y le decían los niños gritando “!Sordo Camacho cuanto ruido hace la troca!”...”!No es verdad, no hace ruido, no oigo nada!”, decía él, pero a los niños les gustaba gritarle a su paso, y el sordo camacho gozoso les seguía el juego, haciendo un ademan con desenfado, diciendoles “yo no oigo nada”. Al Sordo Camacho la gente le había hecho una leyenda...a la luz de los candiles contaban los mayores que el herrero del pueblo tenia mucho dinero...que barras de oro y doblones, perlas, también monedas de plata y quizás era cierto pues fue muy trabajador y al parecer vivía solo. Era el único que arreglaba los molinos de viento y había mas de 1250 molinos en La Paz, por lo que le decían “La Ciudad de Los Molinos de Vientos”...en cada casa había hermosos jardines, inundados de coloridas y perfumadas flores...árboles cargados de frutos, verduras y hortalizas...y la casa que no tenia molino de viento, tenia su propio pozo de agua a cielo abierto,  y se sacaba el vital liquido, a través de una rondanilla con un tambo o balde amarrado con un mecate...también se sacaba el agua con una cigüeña.

            En tiempos de lluvia las familias sudcalifornianas “maneaban” los molinos de viento, y el que no lo hacia sufría serios problemas, y es cuando el sordo Camacho tenían mucho trabajo en su herrería con su fragua. Y la troca llena de tilichis y ruido circulaba por toda La Paz enmarcada con los gritos de los niños “!Sordo Camacho hace mucho ruido la troca!”.

            La brisa del mar, y las cenizas de su fragua, escarcharon sus cabellos...y una aciaga tarde de invierno, la población de La Paz se consterno con la terrible noticia...el Sordo Camacho, tan estimado por los niños y demás gente del pueblo, fue asesinado...encontraron su cuerpo inerte al pie de su fragua...la leyenda que lo rodeaba de que tenia mucho dinero, y un tesoro enterrado, provocó la codicia de unos mozalbetes, y según se cuenta nunca encontraron los malhechores su dinero...este crimen nunca se esclareció...cuenta la leyenda que se cree que su familia encontró el tesoro enterrado al pie de la forja.

            El Sordo Camacho fue un personaje del folklor en La Paz de antaño, muy querido por los niños...”!Sordo Camacho hace mucho ruido la troca!”...”!No es verdad, no hace ruido, no oigo nada!”.


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